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Conformación Historica del Departamento de Nariño - ColombiaImprimirCorreo
Escrito por Karina Ingrid Perez Knez


La conformación espacial interna del departamento de Nariño ha sido escasamente influenciada por factores externos, dada la limitada relación con las políticas nacionales de inversión. Es más evidente al observador la herencia precolombina y la dependencia colonial de España, cuyos procesos imprimen en el territorio formas y estructuras espaciales tradicionales.

En tiempos precolombinos, Nariño es un territorio matizado por diferentes comunidades indígenas, cada una con estructura económica y social específica, asentada en espacios delimitados pero entrelazados por razones de convivencia. Aunque estos grupos en tiempos remotos llegan de otras partes trayendo consigo la base del progreso sociocultural, su desarrollo es espontáneo y por tanto, conforman ejemplos de ordenamiento territorial autóctono; es decir, formas de apropiación del espacio, que se expresan en una regionalización endógena libre de influencia externa.

La primera organización regional, por lo tanto, nace del ordenamiento indígena, que implica dominio de un territorio, técnicas de producción y expresiones culturales en estrecha relación con el entorno. El alcance de esta organización del espacio es ampliamente reconocido por los primeros cronistas españoles del S. XVI y explicado por investigadores contemporáneos que han interpretado la territorialidad de los indígenas Pastos y Quillacingas y las diferentes prácticas ecológicas y sociales que la construyen.

El ordenamiento territorial y la organización del espacio geográfico por parte de los indígenas, responden a la lógica de su propio proyecto de vida, para garantizar su reproducción biológica y social. Este ordenamiento espacial se expresa en el manejo de la "verticalidad andina" tendiente al aprovechamiento agrícola y de recursos de todos los ecosistemas andinos, desde el páramo hasta los valles cálidos interandinos y selvas bajas. Así, un cacicazgo dispone de lo que diversos autores denominan el mundo de arriba" (frío) y el "mundo de abajo" (caliente). El primero especializado en cacería y especialmente tubérculos como papas, ocas, ollucos, maíz y quinua. El segundo en productos exóticos como el algodón, coca y sal. Algunos valles interandinos profundos como el Chota y el Patía, por poseer fuentes saladas, se convierten en centros vitales para el comercio; por tanto su ocupación y uso obedece a tratados de convivencia, desde donde se establece un dinámico intercambio con las partes frías de los Andes.

La llegada de los españoles modifica el esquema referido y es sustituido por otra lógica de organización espacial, que obviamente expresa los nuevos intereses económicos, políticos y culturales. Entre ellos, la expansión de la frontera agrícola, introducción de nuevos cultivos y de ganadería, además de otras formas como edificios e iglesias que expresan la adopción de nuevos códigos culturales en el paisaje.

Los efectos son diferentes de una región a otra; en los altos Andes donde se concentra la urbanización y estancias de los españoles, es mayor el mestizaje, utilización de fuerza de trabajo indígena, transferencia de tecnología agrícola e institucionalización de la cultura externa. Por el contrario en las vertientes externas de los Andes y selvas bajas la apropiación del espacio y su valorización está ligada a la extracción de oro.

La zona minera aparece como expresión de la centralidad espacial y única opción a partir de la cual se inicia la organización del territorio. En estas áreas es común el desarrollo de un proceso sangriento de incorporación debido a que la población indígena es dispersa y escasa, lo cual conspira contra la necesidad de concentrar fuerza de trabajo. A esto se suma el difícil acceso, resistencia de los indios, clima malsano y ciclos de recesión en la producción de oro.

Las dificultades referidas hacen difícil el montaje de otras actividades alternas a la minería que permitan un desenvolvimiento espacial sostenido. Como consecuencia la ocupación territorial no es uniforme y muchos enclaves periódicamente quedan abandonados, excepto los ubicados estratégicamente que se mantienen con fines militares, más que con el propósito de desarrollar una colonización permanente.

Es diferente el papel de centros mineros como Barbacoas, pues su importancia en la economía colonial lo convierte en centro funcional, revestido de autoridad civil y eclesiástica permanente, que se encarga de generar mecanismos de dominio espacial y de recursos. En esa medida, se crean ventajas relacionadas con la apertura de vías que estimulan el comercio y la colonización de tierras en áreas aledañas y más tarde dan origen a otros asentamientos que en forma lineal pueblan los caminos de acceso.

Después del juicio, castigo y aniquilamiento de los Sindaguas en 1635, Barbacoas se consolida como centro minero y el proceso de colonización agrícola, administrativa y religiosa es más estable. Paralelamente aparecen en la vía a Túquerres fundaciones de caseríos y centros religiosos a partir de los cuales se asocia la colonización territorial al ejercicio del poder político y cultural, al tiempo que se establecen canales para drenar los recursos que requiere el mercado regional y la metrópoli.

Para finales del Siglo XVIII aparecen movimientos de colonización espontánea, protagonizados principalmente por mestizos que pueblan la "tierra caliente"; es decir las vertientes interandinas que hoy constituyen el cinturón cafetero. La precariedad del control español sobre estas zonas marginadas se verifica por la constante huida de los indígenas de los altiplanos. El informe de Moreno y Escandón de febrero de 1772 evidencia la continua deserción de indios de sus pueblos y resguardos, que obliga a la Corona y la Iglesia a reiterar su represiva política de concentración y traslado de mano de obra y feligreses que garanticen el funcionamiento de haciendas y minas.

Mientras tanto las tierras que en los altiplanos quedan "disponibles", pasan a los "vecinos" blancos y mestizos quienes empiezan a predominar en la composición demográfica de los Andes, evidenciándose un cambio poblacional notorio paralelo al proceso de redistribución de la propiedad territorial, que imprime en la fisonomía del paisaje colonial la presencia del latifundio y minifundio.

Las modificaciones del ordenamiento territorial en Nariño conllevan elementos que merecen reflexionarse, pues se incorporan tierras tradicionalmente menos pobladas al circuito socioeconómico colonial y se delimitan regionalmente estas arcas como de cultura diferente a la del altiplano. Dicha situación es evidente y molesta a la Iglesia, no sólo porque dificulta el ejercicio del poder clerical y disminuyen sus recaudos, sino por la irreverencia y desobediencia de los mestizos frente al cura, actitud que contrasta con la disciplina de los indígenas del altiplano "reducidos a poblados y a son de campana".

Con este criterio sostienen que las mejores parroquias son las de tierra fría pertenecientes a población española e indígenas, mientras que las peores corresponden a los núcleos mestizos, catalogados como agregaciones de vecinos pobres de todas las razas y sitios diferentes que provienen a poblar la tierra caliente. Se describen las Iglesias con techo pajizo, poco ornato donde hay pocos bautizos y menos matrimonios. Como resultado de estas actitudes, resultan infructuosas las políticas de controlar y organizar a estos pobladores, llamados "vagabundos", que atraídos "por la misma delicia de la tierra... causan inquietud y otros perjuicios; además de la ruina lamentable de sus almas".

Dentro de este contexto, resulta explicable la dificultad para erradicar los llamados "trapichitos" que hacen competencia a la producción legal de aguardiente de los grandes hacendados. Aunque son abundantes las quejas al respecto, dada la cantidad de población que vive de estas actividades, las autoridades prefieren "ignorar" el problema, demostrándose una vez más la independencia de estas regiones y el precario control de las actividades civiles.

La fundación de pueblos y creación de espacios funcionales es más evidente en la parte Andina de Nariño, donde además la encomienda se impone como eje en la organización territorial. Este orden espacial está asociado a la creación de centros administrativos y económicamente activos como Pasto, donde prospera una sociedad señorial que explota la fuerza de trabajo indígena y diseña un esquema de vida semi feudal. El poder civil y eclesiástico diseñan una sociedad profundamente religiosa, cuyas expresiones del mundo material en el espacio geográfico se materializan a través de grandes catedrales, conventos y caserones descomunales que dominan el paisaje. Al lado están los innumerables santuarios de imágenes "aparecidas", que hacen parte del mundo simbólico y operan como aglutinantes de la población e influyen en los comportamientos espaciales.

El esquema se verifica a diversas escalas y permite comprender el aislamiento de Pasto del acontecer nacional. En primer lugar la distancia opera como factor objetivo, en tanto que la ciudad está equidistante de los Centros de poder Popayán y Quito, sin posibilidades de una comunicación eficiente debido a las pésimas condiciones de transporte. La ubicación de Pasto entre estas ciudades le genera un marco jurisdiccional ambiguo conveniente a la clase político, que obviamente tampoco está interesada en el control de sus actividades que pueden ponerse en evidencia mayor si existe integración nacional los factores de aislamiento y el caos gubernamental, contribuyen a crear un escenario propicio para que los gobernantes locales y la Iglesia, perpetúen sus privilegios y manejen los destinos de esta región dentro de los parámetros de sus intereses sin ningún tipo de censura. En estas circunstancias, Pasto se convierte en fortín realista y clerical, sinónimo de las ciudades más conservadoras en la historia de Colombia.

El paso a la etapa republicana no aporta cambios sustanciales a la estructura regional nacional, pues en todo el Siglo XIX la característica esencial es la fragmentación de territorios y su heterogeneidad socio-cultural. Únicamente existe comunicación permanente a través del río Magdalena que regulariza la navegación a vapor desde 1850. A partir de 1870 aparecen los ferrocarriles, destinados únicamente a conectar el interior con los puertos de exportación. Este modelo de sistema vial y de organización territorial se convierte en factor de disgregación que estimula el localismo, diferenciación regional y la imposibilidad que áreas periféricas puedan incorporarse a la vida nacional.

Dentro de este panorama nacional, Nariño tiene el comportamiento propio de las áreas marginadas y periféricas; es decir, no hay novedades en la estructura económica y social. Los espacios diferenciados aún se sustentan sobre la base de los antiguos territorios indígenas, cuyos paisajes conservan gran parte del ancestro cultural, material y espiritual; mientras que la sierra y la costa constituyen dos países diferentes totalmente desligados. Incluso dentro del área Andina, es una odisea llegar a territorios del occidente como Sotomayor, Cumbitara, Policarpa o el Rosario, dadas las enormes dificultades de comunicación y un débil proceso urbano que impide generar integración a través de un mercado regional.

En estas circunstancias, predomina la hacienda tradicional al lado de una economía parcelaria de autoconsumo, mientras que la población indígena sigue ligada a los resguardos, hecho que frena el establecimiento de formas de explotación agrícola capitalista y niega las posibilidades de acumulación que permitan el desarrollo de una infraestructura mínima.

Solo a partir de 1932 la carretera con Popayán permite a Nariño conectarse con el mercado de Cali y el centro del país, mediante la provisión de papa, hortalizas, cebada y trigo. No obstante, el balance no es prometedor ya que se trata de artículos en los que Boyacá y Cundinamarca son fuertes competidores, por vender a precios más baratos debido a su cercanía con los mercados consumidores y una red vial excelente en comparación con el estado de la carretera Pasto - Popayán.

En suma, Nariño queda marginado del modelo exportador y tampoco puede intervenir con eficiencia en los mercados nacionales, tanto por la distancia, como por su estructura productiva que desestimula la inversión estatal o privada. La baja capacidad de consumo de sus habitantes y ausencia de desarrollo urbano, expresan una economía pre capitalista que descarta cualquier proyecto de mercado sostenido. Al entrar en la mitad del siglo, 80% de la población se compone de campesinos minifundistas e indígenas que aún viven en 88 resguardos, sin relaciones de salario, pues su característica es el autoconsumo que hace inexistente la participación en el mercado regional.

Pese a estas limitaciones la aparición del comercio desencadena para la década del 40, una serie de hechos que rompen parcialmente con tradiciones ancestrales. El comercio de productos agrícolas valoriza algunos espacios y conduce a la abolición de los resguardos en el Valle de Atriz, de donde se desprende la liberación de fuerza de trabajo indígena y mayor incorporación de la agricultura local al mercado nacional.

Obviamente la participación de Pasto se realiza en el marco del desarrollo regional desigual y la lógica de la economía de mercado, cuya regla fundamental es minimizar costos y maximizar ganancias, mediante el apoyo tecnológico y una rápida conexión entre el área de producción y el mercado de consumo. Entonces, el desarrollo regional no es espontáneo ni promovido por un sentimiento de solidaridad nacional; por el contrario, surge de la acumulación de ventajas comparativas que a partir de la renta diferencial del suelo encadenan las inversiones. Los alcances y funciones asignadas a los territorios son selectivos, según como se articulen al modelo económico imperante.

Vemos entonces que con la apertura de la vía a Popayán, Pasto se enlaza a la economía capitalista pero en el marco de la división territorial del trabajo; pues una vía divide y une al mismo tiempo las regiones polarizantes con la periferia. Divide con relación a la esfera de producción y consumo dándole a cada región un papel específico; a su vez articula e integra estas regiones a través de la economía de mercado y la red urbana, pero de manera asimétrica debido a la explotación de la región menos desarrollada; en este caso Nariño, por la gran ciudad (Cali) y la región agroindustrial (Valle).

La crisis de la economía campesina en Nariño se asocia a la fuerte emigración, que alcanza la cuota más alta desde el final de la década del cincuenta hasta la década del setenta. Los problemas son de tal magnitud, que por primera vez Nariño se convierte en preocupación nacional, especialmente porque se agravan en el país las movilizaciones campesinas, motivadas por los logros alcanzados en la revolución Cubana y el auge de las ideologías revolucionarias que reclaman reforma agraria en toda América Latina.

Al final de la década del 70, Nariño experimenta cambios sustanciales en su economía y el ordenamiento territorial, debido a la inauguración de la vía panamericana y la interconexión eléctrica. En conjunto contribuyen a estabilizar la comercialización y dinamizan la producción agropecuaria, que genera la cuarta parte del producto interno bruto regional y ocupa la mitad de la población. Los productos del altiplano que se incorporan con mayor volumen al mercado del interior son leche, papa, trigo y hortalizas, cuyas unidades de producción, pese a su carácter parcelario, experimentan cambios tecnológicos apreciables. Significa que esta apertura de la economía, se realiza sobre la base de sectores económicos tradicionales, pues la industria representa menos del 10%, del PIB Departamental, basada en la artesanía, producción de alimentos y bebidas. El 80% del valor agregado manufacturero y cerca del 50% del valor agregado artesanal se concentran en Pasto. Por su parte los avances en la producción agropecuaria se registran en el altiplano, quedando el resto del Departamento con escasa participación. De todas maneras para la década del 80 debido a los factores mencionados, la región de Pasto entra en un nuevo circuito con relación a los mercados nacionales, los cuales también aportan con diversidad de flujos de mercancías e ideas impactan el mundo tradicional.




Fuentes
:
Gobernacion de Nariño http://www.gobernacion-narino.gov.co
PASTO: ESPACIO, ECONOMÍA Y CULTURA Benhur Cerón Solarte – Marco Tulio Ramos
Biblioteca Luis Arango http://www.lablaa.org/blaavirtual/geografia/pasto/indice.htm

 

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